Por: Bernardo J. Alfaro
A raíz de la crisis que nos está afectando, caracterizada por una fuerte desaceleración del crecimiento económico, y el consecuente incremento en el nivel de desempleo, algunas personas han manifestado que la banca estatal está llamada a jugar un papel protagónico en salvaguarda de los intereses de los costarricenses. Tales aseveraciones son en esencia correctas; de hecho la banca estatal se ha erigido en un baluarte del desarrollo económico de nuestro país. Lo que llama la atención es la discusión en torno al grado al que debe llegar ese apoyo, pues no han faltado quienes cuestionen el hecho de que los bancos del estado generen utilidades cada año. En este unto cabe entonces lanzar la pregunta ¿se justifica que la banca estatal procure la obtención de utilidades como una de sus máximas?
El sistema financiero en la economía nacional
Los bancos son empresas muy particulares, de hecho, en la mayoría de países del mundo son sometidos a leyes específicas, y por ende cuentan con un marco especial de acción y regulación; son celosamente supervisados, y su salud es motivo de preocupación permanente para los ciudadanos, las autoridades, y para la comunidad internacional en general.
Si intentáramos describir brevemente su negocio fundamentalmente, diríamos que consiste en captar los dineros de los ahorrantes y depositantes, para entonces otorgar en crédito el dinero que otras personas y empresas requieren para iniciar y desarrollar sus negocios, para cubrir sus gastos, y en general para satisfacer sus necesidades. En otras palabras, los bancos están llamados a acompañar a sus clientes, compartiendo con ellos los riesgos que están dispuestos a sumir a lo largo de sus vidas.
Por llevar a cabo esta labor de distribución del dinero, desde las personas que son económicamente superavitarias, hacia las personas que requieren fondos, se dice que el sistema financiero equivale al sistema circulatorio del cuerpo humano. Ambos están llamados a irrigar todos los órganos vitales, llevando vida y salud a su paso. Si el sistema financiero no funciona adecuadamente, el "organismo" (el aparato productivo y de consumo) se atrofia y muere.
Ahora bien, puesto que toda acción que desempeñemos en nuestra vida lleva implícito un riesgo, y dado que los bancos participan activamente financiando todo tipo de sectores a cambio de un rédito, podemos afirmar que una de las labores fundamentales de los bancos consiste en administrar riesgos, máxime en épocas de crisis. Entendamos que "riesgo" no es otra cosa que la posibilidad de cualquier suceso, adverso a nuestros intereses o deseos, se materialice y obstaculice el desarrollo o culminación de nuestros proyectos y empresas.
De manera que los bancos están por naturaleza dispuestos a asumir riesgos y éstos pueden ser de todo tipo, pues en la cartera de créditos de una entidad financiera de tamaño relevante solemos encontrar operaciones de consumo, de vivienda, de empresas industriales, de servicios, comerciales, de turismo, de energía, compañías de transportes, agrícolas, de ganadería, etc. Además, de un componente importante en el activo de un banco lo constituye un portafolio de inversiones (20% del activo productivo en el caso costarricense), el cual puede estar afectado tanto por el riesgo de crédito (la posibilidad de que un título valor no sea honrado) como por el riesgo de mercado, es decir, por la pérdida de valor que se produzca como consecuencia de la variabilidad propia de los mercados.
Solvencia patrimonial y administración de riesgos
La banca es un negocio cuya salud está estrechamente vinculada a la solvencia de los participantes, que depende fuertemente del nivel de patrimonio de las entidades financieras, y de la capacidad que éste les brinda para soportar las pérdidas inesperadas y la crisis que les depare el futuro. La razón es muy sencilla. Si se materializan los riesgos, es decir, si ocurren los temidos sucesos adversos, el banco no puede simplemente dejar de atender sus obligaciones y decirle a los ahorrantes que ha quedado imposibilitado de devolverles su dinero. El banco otorgó créditos bajo su cuenta y riesgo, y por ende, los riesgos debe soportarlos con su propio patrimonio.
No en balde, en el año 1988, los supervisores bancarios de las diez naciones más industrializadas del mundo (el G10 de la época) reunidos en el Banco Internacional de Pagos, en la ciudad de Basilea, Suiza, emitieron el Acuerdo de Capital Basilea. La idea era que los bancos en sus países contrataran con un nivel de capital estándar y suficiente para enfrentar la posible materialización de los riesgos de crédito a l que estaban expuestas sus carteras. La primera proporción que fijaron fue: por cada $12 en préstamos, la entidad debe tener $1 de capital que permita enfrentar las pérdidas inesperadas.
En Costa Rica se adoptó desde principios de los noventas, una proporción de ¢ 1 de capital por cada ¢10 de crédito, es decir, en una posición un poco más conservadora por contarse con una economía menos desarrollada y más propensa a vaivenes y crisis que las economías desarrolladas.
En el año 1996, en Basilea cayeron en cuenta de que había otros riesgos importantes por ser cubiertos también por el patrimonio. Emitieron entonces una enmienda por Riesgo de Mercado, pidiéndole a los bancos que fortalecieran más el capital. Y más recientemente, en 2006, entra en vigencia el Acuerdo de Capital de Basilea II, que entre otras cosas destaca la importancia de contar con patrimonio suficiente para cubrir los riesgos operacionales, es decir, aquellos que tienen que ver con defraudaciones, litigios, robos, procesos deficientes, etc.
Aquí es donde, como se comprenderá, el tema de la administración de los riesgos empieza a adquirir visos de "arte". El buen banquero intuye una oportunidad de negocio, vislumbra cuáles son los riesgos que estará asumiendo, cómo podrá mitigarlos y si tal gestión será recompensada adecuadamente por el precio o tasa de interés que fijará por participar en la operación. De no hacerlo adecuadamente , peligra el patrimonio de su banco.
"La administración de riesgos es el alma de una entidad bancaria". Aunque esta frase fue repetida constantemente durante las últimas tres décadas por parte de banqueros y reguladores, no fue hasta que se produjo la actual crisis financiera mundial que se convirtió en una "verdad de Perogrullo". Ahora no queda duda, las entidades bancarias no conocen, administran y controlan adecuadamente sus riesgos, están llamadas a desaparecer irremediablemente.
La alta solvencia o suficiencia patrimonial, por otro lado, resulta ser entonces el ingrediente fundamental para garantizar el crecimiento de las carteras de crédito de los bancos. Las entidades con un capital amplio y holgado tendrán siempre la capacidad de otorgar préstamos abundantes en los periodos de bonanza y crecimiento económico; y tendrán la posibilidad de soportar las pérdidas por operaciones incobrables, que irremediablemente se producirán en las épocas de "vacas flacas".
Una situación de relativa congoja vivimos en Costa Rica a mediados del año pasado, cuando los bancos estatales se vieron forzados a frenar abruptamente su ritmo de colocación de créditos, precisamente porque su solvencia se vió comprometida ante una diversidad de razones; entre ellas, el fuerte incremento que experimentaron sus portafolios de crédito durante todo el 2007 y el primer semestre del 2008, la alta volatilidad en el valor de las inversiones como resultado de la crisis financiera internacional, y un pago extraordinario de impuestos que había estado en discusión por largo tiempo.
La capitalización realizada por el Gobierno a finales del 2008 al Banco Nacional, al Banco de Costa Rica y al Banco Crédito Agrícola, que marcó un hito en la historia de nuestro sistema bancario, alivió sensiblemente la situación de estrechez en la solvencia. A esta capitalización -que por todo lo explicado anteriormente constituyó una decisión correcta y prudente-, y que fue adoptada en un momento idóneo, me referiré más adelante.
Banca estatal en Costa Rica
La banca estatal en Costa Rica ha sido foco de intensos debates a los largo de la historia. Tan abundantes han sido sus detractores como sus defensores. Los primeros han atacado su existencia misma, indicando que el Estado no debe participar en un negocio que en la mayoría de los países es ejecutado por la banca privada, la cual podría bastarse para ejercer intermediación financiera satisfaciendo las necesidades de la clientela costarricense; y también han cuestionado en determinadas épocas los niveles de eficiencia de la banca estatal, su capacidad de reacción y de innovación, y hasta su injerencia en el alto nivel de los márgenes de intermediación de nuestro sistema bancario.
Los defensores por su parte, han apelado al papel que la banca estatal ha jugado en las épocas de crisis, apoyando a los productores nacionales en los momentos difíciles. Sostienen que la amplia cobertura geográfica que estos bancos han logrado, incursionando en zonas de dudoso potencial de negocios pero con alta rentabilidad social, es fruto de su especial naturaleza y vocación. La especial atención que le ha venido brindando a ciertos segmentos, como micro, pequeña y mediana empresa, o bien el esmero que por décadas de ha puesto en el cuidado de los pequeños productores agropecuarios, son factores que esgrimen a favor de la banca pública.
Lo cierto del caso, es que la actual crisis financiera internacional nos ha dejado enseñanzas relevantes que añaden ingredientes interesantes a la discusión. Desde finales del 2007 y hasta el día de hoy, el riego de liquidez se ha ubicado en el lugar ponderante entre todos los riesgos. De pronto, los niveles de confianza del público hacia los bancos, y de unos bancos para otros, generaron situaciones graves de estrechez en el disponible de dinero de muchas entidades. Los bancos centrales de algunos países se vieron forzados a inyectar fuertes sumas de capital y de liquidez a muchos de los principales bancos comerciales, en un enorme esfuerzo por recuperar la confianza de los inversionistas.
Lo que se ha venido manifestando es entonces una clara tendencia hacia la nacionalización temporal de la banca como mecanismo de generación de confianza. Esto ha brindado un reconocimiento tácito al valor fundamental que la banca estatal tiene en Costa Rica; mientras muchos de los bancos internacionales giraron instrucciones desde sus casas matrices ordenando el congelamiento de los saldos de créditos concedidos en las naciones latinoamericanas -al menos mientras disminuye el riesgo de liquidez a nivel mundial- los bancos del Estado costarricense han mantenido abiertas sus puertas a la colocación de nuevos préstamos. Y ello ha sido posible porque sus captaciones del público -generadas gracias a la confianza que generan en los costarricenses- se han mantenido incólumes a pesar de la crisis económica que afecta al país hoy.
La banca estatal de cara a la crisis actual
De no haberse producido la capitalización de los bancos del Estado en diciembre del 2008, tal y como se mencionó antes, los efectos de la desaceleración económica que nos agobia en la actualidad, se habrían sentido con mayor intensidad.
Los niveles de morosidad han venido subiendo en los últimos meses. Algunos sectores en particular han mostrado mayor severidad en el deterioro: consumo, construcción, turismo, industria. En el Banco Nacional (BN) la rutina diaria se ha trastocado notablemente y los especialistas en crédito destinan gran parte de su tiempo y esfuerzo en reacomodar los créditos de los clientes, en espera de que la crisis sea superada y se recobren los anteriores niveles de producción, de ventas, de exportaciones, de ocupación de hoteles, de metros cuadrados de construcción.
La rebaja de dos puntos porcentuales en las tasas de interés que la Junta Directiva del Banco Nacional aprobó en febrero pasado para apoyar al Plan Escudo del Gobierno -fue hasta de tres puntos en la cartera de vivienda más afectada por el diferencial de tasas el último año- llevó alivio a muchos hogares y empresas (micro y pequeñas compañías, y pequeños productores agrícolas). Esto representa también un desahogo para el Banco, pues existe una evidente, estrecha y directa correlación entre tasas de interés y niveles de morosidad.
Por otro lado, esa rebaja en tasas implica un sacrificio importante en términos de ingresos financieros para los bancos del Estado, y consecuentemente, afecta la rentabilidad sobre el patrimonio. Debe reiterarse en este punto, que esta decisión pudo tomarse gracias a la capitalización recibida en diciembre; de lo contrario, habría implicado un golpe demasiado severo a la posibilidad de expansión de la cartera, en un momento en que, como ya se ha explicado, la banca estatal es la primera fuente de crédito para los costarricenses. Como se verá más adelante, esto habría significado una amenaza a la sostenibilidad a largo plazo de los bancos del Estado.
Un ingente esfuerzo se realiza también a nivel de plazos de las operaciones crediticias. Cuando la situación lo amerita, el Banco Nacional se ha mostrado anuente a estructurar los créditos con el ánimo de aliviar el flujo de caja de sus clientes, extendiendo los plazos o bien, postergando las amortizaciones de los préstamos. El sacrificio para el Banco en esta materia se presenta en el área de la liquidez, pues deben gestionarse con cuidado los calces de plazos de modo que siempre haya una cobertura adecuada de los vencimientos en las obligaciones de la entidad.
La rentabilidad sobre el patrimonio y su importancia
Ya hemos visto que "la banda es un negocio cuya salud está estrechamente ligada a la solvencia de sus participantes". Conviene entonces detenernos a dirimir cuáles son las fuentes de capital con que cuentan los entes bancarios. Como se mencionó, la banca estatal costarricense recibió un aporte de capital de su propietario -el Gobierno- por una única vez en su historia (desde los aportes originales de constitución hace más de un siglo), en el pasado diciembre del 2008. Tal contribución será indispensable para afrontar los efectos de la crisis, al punto de que una buena parte será consumida en la rebaja generalizada de tasas que ya se produjo para un segmento importante de las carteras de vivienda y de micro y pequeñas empresas.
Fuera de ese hecho especial que significó la capitalización, la única fuente alterna de recursos para reforzar el capital de un banco estatal está constituida por las utilidades que se generen; la banca de privada en cambio, además de poder recurrir a sus propios dueños en busca de capital, tiene también la opción de acudir al mercado de capitales. Del todo de ganancias brutas que al final de cada periodo acumula el banco del Estado, un 5% se destina a la Comisión Nacional de Préstamos para la Educación (CONAPE)[1], un 10% de dirige al Instituto de Fomento Cooperativo (INFOCOOP), un 3% a la Comisión Nacional de Emergencias (CNE), alrededor de un 17% se debe pagar como Impuesto de Renta, y el 65% restante se acumula como utilidades retenidas que pueden destinarse a capitalizar la entidad.
Ese capital generado por la vía de las utilidades es precisamente el que permitirá a un banco estatal el nivel de solvencia necesario para seguir creciendo en crédito afrontando la eventual materialización de los riesgos. Para ilustrar mediante un ejemplo, si consideramos las utilidades netas que el Banco Nacional espera obtener en el 2009, y el actual tamaño del portafolio de crédito, tal capital adicional producto de las ganancias permitiría un crecimiento anual máximo de un 19%. Ese incremento es más que suficiente en un año en que la expectativa de crecimiento económico es virtualmente cero; pero apenas alcanzaría si esperáramos un año con una expansión económica nominal (crecimiento nominal del PIB) del 14%; que ha sido una cifra frecuentemente alcanzada y superada en la historia reciente del país.
El razonamiento anterior transforma la obtención de utilidades por parte de los bancos estatales en mucho más que un lujo, o que un capricho; las convierte en algo imprescindible, indispensable para poder seguirle ofreciendo a los costarricenses servicios crediticios abundantes y de alta calidad que nos esmeramos en otorgar. Sobre todo porque, una vez superada la crisis, existe una alta probabilidad de que veamos requerimientos fuertes de crédito para realizar inversiones que se quedaron rezagadas, gastos que fueron pospuestos, y para ejecutar proyectos que resultarán altamente viables en época de expansión económica.
Recordando el símil al inicio de este artículo "el sistema financiero es a la economía lo que el aparato circulatorio es al cuerpo humano", podríamos decir en este punto que "la generación de utilidades y su capitalización representan a su vez el aparto circulatorio de la banca estatal".
Si analizamos el requerimiento de la Superintendencia General de Entidades Financieras (SUGEF, autoridad supervisora del sistema bancario nacional) en materia de rentabilidad, nos encontramos que exigen un retorno sobre el patrimonio que sea al menos superior a la inflación. Esto lo que significa es que los reguladores precisan ver bancos que al menos mantienen el valor de su capital en términos reales, pues dada la dependencia de las utilidades para fortalecer el patrimonio (caso de los bancos estatales) un retorno igual al nivel de inflación sólo permite alcanzar tal objetivo. Podemos concluir que se trata de un nivel de exigencia mínimo -y tal requerimiento fue flexibilizado aún más por un lapso que finaliza en diciembre del 2009, previendo que perdure la actual crisis económica mundial-.
Pues bien, para obtener un retorno sobre el capital igual a la inflación proyectada para el año 2009 (un 9% según el Banco Central), el Banco Nacional tiene que generar utilidades netas después de impuestos de al menos ¢27,000 millones. Nuevamente, y pecando de parecer altamente reiterativo, tal nivel de ganancias debe ser visto como un mínimo, como un piso; de obtenerse ganancias por debajo de esa suma, el Banco estaría comprometiendo su capacidad futura de crecimiento. Recordemos que el valor de una empresa debe medirse por su capacidad de generar flujo de neto positivo permanente en el tiempo; una compañía incapaz de producir utilidades tendría una valoración nula a los ojos de un analista. Un banco estatal que no se sostenga mediante la constante generación de ganancias, llegará a no tener valor alguno para la sociedad que debe servir.
Podemos concluir afirmando que su propia naturaleza, la banca estatal está llamada a brindar su apoyo a las familias de productores costarricenses, de modo que puedan superar la actual crisis económica que afecta el país. Su participación en tal dirección debe seguir encaminada por la vía de la prudencia y de la administración cuidadosa de riesgos. Ello será posible siempre que los bancos sigan siendo dirigidos con una visión de largo plazo, procurando optimizar el uso de sus recursos, y buscando tener utilidades suficientes (que serán las mínimas necesarias mientras perdure la crisis) de modo que siempre se genere un nivel amplio de capital que permita financiar el próximo ciclo de crecimiento económico.
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Bernardo J. Alfaro
Subgerente General del Banco Nacional Ex Superintendente General de Entidades Financieras |
[1] Transitoriamente este 5% se está distribuyendo entre CONAPE y FINADE (Fideicomiso Nacional de Desarrollo), en atención a la Ley del Sistema de Banca para el Desarrollo.